09/23/2026
Mientras la política se consume en fanatismo, shows de redes y discursos vacíos, la factura de la realidad la sigue pagando la gente común:
Un migrante venezolano baleado en un operativo en Austin sin respuestas claras ni disculpas oficiales, mientras los supuestos «salvadores» desaparecen del radar y guardan un silencio conveniente cuando el libreto ya no les genera aplausos fáciles.
Pero el circo político cuesta caro, y se cobra en la economía real:
• El precio del diésel disparado, encareciendo la cadena de suministro, el transporte y la comida de cada familia.
• Aranceles que operan como un autoimpuesto, vendidos como patriotismo pero pagados directamente del bolsillo del consumidor.
• Miles de millones dilapidados en costos de guerra, financiando conflictos ajenos mientras la inflación interna asfixia a la clase trabajadora.
El populismo necesita del fanatismo para sostenerse: polariza para no rendir cuentas y gasta para perpetuarse, mientras la disciplina fiscal y el respeto a la vida quedan reducidos a consignas de campaña. La cuenta siempre la paga el ciudadano de a pie.