09/08/2026
DOMINGOS CON DON MOLE
Capítulo 5:
El día que perdió su trabajo… y encontró Oaxaca
Don Mole dice que hay historias que comienzan con una venta.
Otras comienzan con un sueño.
Pero algunas…comienzan con una puerta que se cierra.
Esta es una de esas.
Corría el año de la pandemia.
Las calles estaban más vacías, las noticias hablaban de incertidumbre y millones de personas comenzaban a preguntarse qué iba a pasar con sus trabajos, sus familias y sus vidas.
Pero él ya lo presentía.
Meses antes de que sucediera, algo dentro de él le decía que aquel empleo no duraría para siempre.
No sabía cuándo.
No sabía cómo.
Pero lo sentía.
Y mientras otros esperaban a que las cosas cambiaran, él comenzó a pensar en una idea que llevaba años rondándole la cabeza:
¿Y si llevaba un pedacito de Oaxaca hasta Monterrey?
Porque él no había nacido en cualquier lugar.
Había nacido en San Juan Bautista Tuxtepec, Oaxaca. Y Oaxaca no era simplemente el lugar que aparecía en su acta de nacimiento.
Era el olor del café por las mañanas.
Era el chocolate.
Era el mole.
Era el quesillo.
Era el recuerdo de las fiestas.
Era la gente.
Era la tierra.
Y también eran las palabras que alguna vez escuchó de niño.
Porque mucho antes de imaginar Guidxilayú, hubo mujeres que ayudaban a su madre con la limpieza de la casa.
Mujeres oaxaqueñas que hablaban zapoteco.
Él las escuchaba mientras trabajaban.
Algunas palabras le parecían extrañas.
Otras le causaban gracia.
Y algunas se le quedaron guardadas sin saber por qué.
—¿Cómo se dice esto?
Y ellas le enseñaban.
Una palabra.
Luego otra.
Después otra.
Quizá en aquel momento no lo entendía.
Pero con los años descubrió que aquellas palabras no sólo le estaban enseñando un idioma.
Le estaban dejando una parte de Oaxaca.
El zapoteco es una de las lenguas originarias de Oaxaca y, dependiendo de la región, existen distintas variantes. En el zapoteco del Istmo, por ejemplo, aparece una palabra que años después tendría un significado enorme para él:
Guidxilayú. Una palabra que puede traducirse como mundo, tierra o planeta.
Y quizá por eso terminó eligiéndola.
Porque Guidxilayú no debía ser solamente una tienda.
Tenía que ser un pequeño pedazo de ese mundo del que venía.
Pero antes de que existiera el nombre…tuvo que llegar el golpe.
Un día recibió la noticia que tanto había temido. Lo habían despedido.
De pronto, aquello que durante años había parecido seguro desapareció.
Y con él llegaron las preguntas.
¿Qué sigue?
¿Cómo se paga la casa?
¿Qué va a pasar con la familia? ¿Y ahora qué?
Cualquiera podía haberse quedado paralizado.
Él también tuvo miedo. Pero entonces recordó aquella idea. Oaxaca.
Y comenzó. No empezó con una gran inversión. No hubo un local elegante.
No hubo empleados.
No hubo vitrinas llenas.
No hubo camionetas repartiendo mercancía.
Hubo algo mucho más sencillo: un café.
Café de Pluma Hidalgo.
Ese fue uno de los primeros productos con los que comenzó a tocar puertas.
Después llegaron los pedidos.
Primero compañeros de trabajo.
Luego vecinos.
Después conocidos.
Un mensaje por aquí.
Una recomendación por allá.
Y poco a poco sucedió algo inesperado.
La gente comenzó a preguntar:
—¿Qué más traes de Oaxaca?
Entonces llegó el chocolate.
El mole.
Las tlayudas.
El quesillo.
Los tamales.
El mezcal.
Y cada producto traía consigo una historia.
Pero había un problema.
No había local.
Así que el primer "almacén" de Guidxilayú fue, literalmente, el refrigerador de la casa.
Sí.
Ese mismo donde cualquier familia guarda la leche, los huevos y las sobras del domingo.
Ahí comenzó una empresa.
Después llegó un refrigerador pequeño.
Luego un congelador horizontal.
Y cuando parecía que ya no cabía una cosa más…apareció un gran amigo.
Uno de esos amigos que no preguntan solamente:
—¿Cómo estás?
Sino:
—¿Qué necesitas para seguir?
Ese amigo le dio apoyo económico para transformar un cuarto del porche de la casa en un pequeño local.
Y entonces Guidxilayú dejó de ser una idea.
Comenzó a tener paredes.
Una puerta.
Un espacio.
Una identidad.
Y, sobre todo…
comenzó a tener clientes.
Pero Don Mole siempre dice que aquí viene la parte que más le gusta de la historia.
Porque cuando uno mira Guidxilayú desde afuera puede pensar que todo comenzó con una pandemia.
No.
La pandemia solamente fue el empujón.
La verdadera historia había comenzado muchos años antes.
Había comenzado en Tuxtepec.
En una casa.
En una cocina.
En las voces de aquellas mujeres que hablaban zapoteco mientras ayudaban a su madre.
Había comenzado con palabras que un niño escuchó sin imaginar que algún día se convertirían en parte de una marca.
Había comenzado con una identidad que permaneció escondida durante años.
Y entonces llegó el momento de ponerle nombre.
No quiso llamarlo simplemente "Productos Oaxaqueños".
No quiso ponerle un nombre comercial cualquiera.
Quiso que tuviera algo de aquella tierra.
De aquella lengua.
De aquellas mujeres.
De aquella infancia.
Y escogió:
Guidxilayú.
El mundo.
La tierra.
El lugar donde caben todas las historias.
Y quizá ahí está la verdadera razón de su existencia.
Porque Oaxaca no es una sola cultura.
Es un mosaico de pueblos y lenguas, de tradiciones y maneras distintas de entender la vida.
Zapotecos, Mixtecos, Mazatecos, Mixes, Chinantecos, Triquis, Chatinos y muchos otros pueblos originarios forman parte de ese enorme universo cultural que es Oaxaca.
Y Guidxilayú quiere ser precisamente eso:
un pedacito de ese mundo.
Un lugar donde una persona de Oaxaca pueda encontrar algo que le recuerde su casa.
Donde alguien que nunca ha pisado Oaxaca pueda descubrir sus sabores.
Y donde una familia pueda sentarse un domingo alrededor de una mesa y decir:
—Esto sabe como lo hacía mi mamá.
Han pasado los años.
Ha habido días buenos.
Y días malos.
Días de vender muchísimo.
Y días en los que parecía que nada funcionaba.
Ha habido cansancio.
Errores.
Preocupaciones.
Dudas.
Y también muchas pequeñas victorias.
Pero Guidxilayú sigue ahí.
Dándolo todo.
Y quizá esa sea la parte más importante de esta historia.
Porque aquel hombre que un día salió de su trabajo pensando que había perdido su estabilidad…
terminó encontrando algo que no sabía que estaba buscando.
Encontró una manera de volver a casa sin tener que regresar físicamente a Oaxaca.
Cada café de Pluma Hidalgo.
Cada chocolate.
Cada mole.
Cada tlayuda.
Cada pieza de quesillo.
Cada cliente.
Cada historia.
Es una forma de decir:
"Oaxaca sigue aquí."
Y Don Mole, que de historias sabe un rato, suele terminar este relato con una frase:
A veces creemos que la vida nos está quitando el camino.
Y resulta que solamente…
nos está obligando a construir uno nuevo.
Porque Guidxilayú nació cuando se cerró una puerta.
Pero detrás de esa puerta…
había un mundo entero esperando ser descubierto.
— Don Mole