24/11/2014
Se propone la conexión natural entre el paseo y la senda, integrada en el acantilado y siguiendo siempre la dirección que enlaza ambos itinerarios.
La sección del acantilado marca el ritmo de la ascensión. En el primer tramo, en la zona más tendida del acantilado, se talla el camino sobre la falda de piedra. Se alcanza así, a mitad de la ascensión, una zona donde el acantilado se remete, evocando una terraza. Esta forma natural se profundiza y se crea un mirador en el vacío de la piedra del acantilado. En el tramo final, para llegar a la irregular y convexa coronación del acantilado, y una vez que ya estamos “dentro” del acantilado, continuamos el camino a través de una grieta abierta en trinchera.
Donde solo había horizonte se introduce el acantilado. Se consigue así la siguiente secuencia: en el paseo, domina siempre el horizonte; en el primer tramo de ascenso, el acantilado; en el mirador, las vistas enmarcadas en piedra desde la piedra; en el último tramo de la ascensión, paredes de piedra y cielo; en la senda, siempre horizonte.
El camino adquiere el carácter temporal del acantilado porque forma parte de él: eterno pero no estable.
Lentamente el acantilado retrocede. La intervención lo asume porque se construye aprovechando la forma que el mar le ha dado, y asume la vocación de pervivir, junto con el acantilado que la sustenta, lo que el mar le permita.
Mientras, realza la vista del acantilado con una imagen icónica hecha solo de luz, cielo, piedra y mar.