Desde el comienzo de nuestra andadura, asumimos como cierto que los consumidores tenemos en nuestra mano una herramienta clave para una salida sostenible a esta crisis-estafa. Cuando elegimos donde hacer nuestras compras, estamos a su vez, escogiendo donde queremos que acabe nuestro dinero, y desde aquí, lo tenemos muy claro. No aceptamos que nuestro dinero termine en manos de inversores internac
ionales, que en nada le preocupa la calidad de lo que venden, sino que su dinero crezca aun a sabiendas de que no tendrán tiempo de gastarlo ni siquiera en cuatro vidas. Grandes empresarios que se frotan sus grandes barrigas ajenos a un ERE en una de sus empresas. Facturaciones milmillonarias de multinacionales que tienen a mujeres y niños confeccionando la ropa que ha de situarlos en un lugar prominente en la revista Forbes. Presidentes de empresarios que asumen como herramienta legítima las evasiones de capital a paraísos fiscales. Cadenas de Supermercados que importan aceite de oliva de países del sur, esclavizando a sus campesinos, mientras los jornaleros andaluces piden tierra para trabajar. Pues bien, es por esto y por mil motivos que nos repelen, que hemos decidido apostar por la economía real. Conocemos al campesino que nos trae las lechugas, sabemos muy bien de donde sale el cacao que está en nuestra estantería, tenemos constancia de en donde se invierte el dinero que cuesta nuestro café, que decir del aceite de oliva, pleno empleo en Marinaleda, y así uno por uno, cada euro que gastamos, sabemos que no tardará en repercutir en la vida de muchos trabajadores, y no en los balances contables de una minoría.