11/11/2022
“Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará”.
Lucas 17,33
Morir es condición para vivir.
Tanto para la sabiduría evangélica como para las ciencias humanas, el que se ama a sí mismo y solo a sí mismo, permanece en la muerte, es decir en el infantilismo, en la solitariedad, infecundidad e infelicidad.
Cuánto más ama, sin preocuparse de ser amado, mayor madurez. Cuánto más se preocupa de ser amado, sin amar, mayor infantilismo.
El que siempre se busca a sí mismo, está destinado al descontento y al vacío.
En cambio aquel que sea capaz de dar la vida, de renunciar a su círculo de valores e intereses, para adaptarse, ya entró en el reino de la madurez.
Si queremos que un grano de trigo se convierta en un hermoso tallo, tendrá que cumplir previamente la condición de morir en el silencio del seno terrestre.
La única fuente de donde puede emanar la resurrección es la muerte.
Dada la muerte, inmediatamente se da la resurrección.
Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos (1 Jn 3,14)
Somos libres maduros y felices porque nos renunciamos para adaptarnos.
Extractado del L. Sube conmigo
P. Ignacio Larrañaga
tovpil.org
fundaciontovpil.org