18/09/2016
LOS OTROS Y LOS UNOS
Él era un auténtico "otro". Un guachín que ranchaba con los pibes, que usaba visera, ropa deportiva y tenía la cara repleta de agujeros. Sí, también tenía tatuado en su brazo el nombre de su hijo, Benjamín, con muchos firuletes y una tinta que ya se estaba volviendo verdosa. Él fue padre joven, a los 16, ahora tiene 19 y sobre su hombro pesan las responsabilidades que tanto intentó evitar cada vez que ranchaba con los pibes y arrancaban un nevado que les duraba menos que sus intentos frustrados de terminar el secundario.
Ella era una auténtica "una". Se juntaba con las chicas todos los viernes, siempre a la misma hora y siempre en la casa de Mili, la que tenía los viejos copados y la dejaban hacer previa con el alcohol del barato, ese que dicen que pega más rápido y les causa gracia, porque a pesar de poder elegir el caro, quieren experimentar cómo es la resaca de los "otros". ¡Y qué copados son los viejos de Mili! Ella soñaba con ser madre, con encontrar el amor a la vuelta de cualquier esquina, casarse, tener la casa, el perro, la pileta y muchos hijos que nunca prueben alcohol del barato, que nada los una a esos "otros". ¡Y qué peligrosos son los "otros"!
Él ya no ranchaba más con los pibes, ahora su única preocupación era encontrar un laburo que lo ayude a mantener a Benjamín. Pero no hay caso, es demasiado invisible y su dirección es un pasillo más dentro los tantos innombrables que hay en una de las tantas innombrables villas dentro del innombrable conurbano bonaerense. Él y su innombrable realidad. Y encima, ¿qué podía hacer sin el secundario terminado? "Hasta para limpiar te piden este título de mi**da", se cansaba de repetir. Pero no le sorprendía, siempre fue un "otro", un invisible, un innombrable, una cruz más dentro de los tantos posibles trabajadores del injusto sistema cavernícola que habitamos.
Ella seguía juntándose con las chicas los viernes a la noche. Pero, durante la semana, trabajaba en el sector de recursos humanos de una conocida empresa en Capital. Entre risas, ese viernes les cuenta a sus amigas que una vez más tuvo que rechazar el pobre y pésimamente redactado currículum de un chico que vivía en la villa. "No saben, chicas, todas las faltas de ortografía que tenía, está bien que quiera trabajar en limpieza porque para más no le da, pero que se busque otra empresa porque acá no contratamos analfabetos" contaba ella, orgullosa de su discurso.
Un lunes ella y él se toparon sin saber. Ella tuvo que dejar el auto en el taller, entonces se tomó el subte para ir al trabajo. Él, cansado de entregar currículums sin respuesta, decidió pasar por el subte temporalmente a vender estampitas para ganarse el mango y así poder alimentar bien a Benjamín y que vaya al jardín empilchado como corresponde. Ella lo ve de lejos y piensa "que negro de mi**da, que vaya a laburar". No sabe que él era el analfabeto al que no le dieron oportunidad en la empresa, tampoco sabe cuántas noches y días estuvo pateando calles con currículum en mano intentando dejar de ser ese auténtico "otro", tampoco sabe que su viejo es violento y está preso, que su madre es alcohólica y depresiva, que sus hermanos huyeron de la casa escapando de la pesadilla en la que estaban inmersos, que su único escape eran esas ranchadas con los pibes con un nevado de por medio y que él sólo tuvo que hacerse cargo de su casita humilde, de su vieja, y ahora también de su hijo. Con todo en contra, siendo así: villero, innombrable, invisible. Siendo el "otro". ¡Qué difícil ser un "otro" en una sociedad gobernada por los "unos"!
Él y ella, los otros y los unos, extremos dispares pero unidos por el mismo hilo cada vez más cortajeado de un Estado ausente.
¿Existirán, algún día, menos "unos y otros" y más "nosotros"?