17/06/2026
🇪🇸 CUANDO LAS SIGLAS IMPORTAN MÁS QUE LOS PRINCIPIOS.
Hay cosas que no deberíamos normalizar como sociedad.
No se puede normalizar que un expresidente del Gobierno como José Luis Rodríguez Zapatero llegue a un juzgado en coche oficial, con chófer, y que le abran la puerta como si fuera un jefe de Estado en una visita institucional. Mucho menos cuando esa imagen genera aplausos de unos y abucheos de otros únicamente en función de las siglas políticas.
Lo preocupante no es solo la imagen. Lo preocupante es la reacción de la gente.
Hoy hay quienes aplauden porque se trata de Zapatero y quienes le llaman sinvergüenza. Pero si mañana esa misma escena la protagonizara Mariano Rajoy, muchos de los qiue hoy aplauden estarían llamándolo sinvergüenza, y muchos de los que hoy lo critican estarían justificándolo y aplaudiéndolo.
Y exactamente la misma lógica se aplica a los partidos que sostienen a los dos grandes bloques. Hay formaciones que se presentan como regeneradoras, como garantes de la transparencia o como defensoras de la ética pública, pero que después apoyan gobiernos en el Estado, en comunidades autónomas o en ayuntamientos sin exigir previamente una auditoría, una revisión de la gestión o una rendición de cuentas seria.
No hace falta irse muy lejos para verlo. Ahí están los ejemplos de Puerto Lumbreras o Lorca, donde algunos partidos han preferido asegurar pactos y gobiernos antes que exigir una revisión profunda de la gestión realizada. Porque cuando las siglas pesan más que los principios, las exigencias desaparecen.
Ese es el verdadero problema de España: hemos sustituido los principios por las trincheras políticas. Ya no se juzgan los hechos, se juzga quién los protagoniza.
La corrupción, los privilegios y la falta de ejemplaridad deberían indignarnos exactamente igual independientemente del partido político. No debería haber corrupción buena y corrupción mala, ni privilegios aceptables cuando los disfruta uno de los nuestros.
Mientras los ciudadanos trabajamos, pagamos impuestos y sacamos adelante a nuestras familias, seguimos atrapados en una pelea permanente entre bloques políticos que solo beneficia a quienes viven de la política.
Una democracia sana exige una cosa muy sencilla: la misma vara de medir para todos. Porque cuando a los nuestros se les aplaude lo que a los demás se les condena, el problema deja de ser un político concreto y pasa a ser una sociedad que ha normalizado lo que nunca debería normalizarse.
"La corrupción no cambia según quién la cometa. Lo único que cambia es el color de los aplausos."
PUERTO LUMBRERAS ¡YA! (PLYA)
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