24/05/2026
Hay imágenes que duelen de una forma particular, no con rabia sino con esa tristeza cansada de quien ya lleva demasiado tiempo esperando algo que no termina de llegar. La reunión de la oposición venezolana en Panamá fue una de esas imágenes. Las mismas caras. Los mismos nombres. Los mismos que llevan décadas sentados en las mismas sillas hablando de los mismos temas con los mismos resultados. Y uno no sabe si indignarse o simplemente suspirar y cambiar de canal.
La oposición, la que supuestamente representa el cambio, la renovación, el futuro, sigue presentando en cada foto, en cada cumbre, en cada reunión urgente y trascendental, casi las mismas personas que estaban ahí cuando todo esto empezó. Con más arrugas, con más años encima, pero ahí. Inamovibles. Como si el tiempo pasara para todos menos para ellos.
Y es justo reconocer que una parte de ese problema tiene dos responsables, no uno. El chavismo destruyó sistemáticamente cualquier brote opositor que amenazara con crecer, eso es innegable. Pero la propia dirigencia opositora tampoco hizo nada por evitarlo, y en algunos casos hizo exactamente lo contrario. Los jóvenes que intentaron abrirse camino dentro de la oposición con ideas nuevas y con energía real encontraron dos enemigos: el régimen que los perseguía desde afuera y unos líderes que los ignoraban, los bloqueaban o simplemente no estaban dispuestos a cederles ni un centímetro de protagonismo desde adentro. Los que no terminaron presos terminaron exiliados, y los que se exiliaron descubrieron que tampoco allá había demasiado espacio para ellos en las mesas donde se tomaban las decisiones. La renovación generacional de la oposición venezolana no fracasó solo porque el chavismo no la dejó crecer. Fracasó también porque sus propios líderes nunca la quisieron de verdad. Y el resultado es el que vemos hoy en cada foto de cada cumbre: los mismos de siempre, bien acomodados, sin intención visible de moverse.
No es solo decepción lo que produce verlos. Es algo más complejo y más difícil de nombrar. Es la sensación de que Venezuela merece algo mejor y que ese algo mejor no está en esa sala. Que el país que produjo el éxodo más grande de la historia latinoamericana reciente sigue siendo representado en las mesas importantes por quienes llevan toda una vida reciclándose sin renovarse, aliándose y rompiéndose, firmando acuerdos que no se cumplen y protagonizando crisis que no se resuelven.
Y sin embargo, a pesar de todo, deseo que tengan éxito. Lo deseo de verdad y sin ironía. Porque detrás de ese deseo no hay ninguna simpatía política sino algo mucho más personal y mucho más simple: quiero poder ir a Venezuela. Quiero que mi hija conozca la tierra de su padre y de su madre, que vea de dónde venimos, que entienda con los ojos lo que nosotros solo podemos contarle con palabras. Quiero visitar a la familia que todavía tenemos allá, pasear, comer, respirar ese aire, sin el miedo que hoy me paraliza cada vez que pienso en pisar ese aeropuerto. Ese miedo de que al llegar alguien se antoje de mí por cualquier motivo, por lo que soy, por lo que digo, por lo que escribo. Ese miedo es real y mientras exista me impide ir. Ojalá un día ese miedo deje de existir. Ojalá esa reunión en Panamá sea, contra todo pronóstico, el principio de algo que lo haga posible.